Adios amor, botón de rosa…

•2 Noviembre 2009 • Dejar un comentario

Rosa

Te fuiste, veleidosa,
te fuiste y me dejaste con los besos
en flor abierta, esperándote;
te fuiste lejos y muy lejos,
te fuiste ya sin despedirte.

Hubiera preferido, sin duda,
que me dejaras despechado,
mas no que mataras en mi corazón
mi querido anhelo esperado;
hubiera preferido morir sabiéndolo.

Te has ido y has partido a lo lejos,
me dejaste con mi rosa, plantado
esperando a ver si hecho raíces;
ya no sé si esto es una burla
o gustas de causar cicatrices.

De cualquier manera, para mí te has ido,
y a ti que lees estas líneas, escondida,
a ti te escribo;
para mí te has ido y he quemado tu recuerdo:
que se lo lleve la lluvia, que como tú,
fue un amor pretérito.

Cuando el amor golpea la puerta

•30 Septiembre 2009 • 2 comentarios

Hace unos días, como siempre, caminaba acelerado por la acera de la vida: constantemente, esquivando a personas anónimas y saludando, al paso, a otras conocidas; mirando ojos que miraban los míos, e intentando no tropezar con las enormes piedras de las aceras más antiguas. Llegué, como siempre, a mi hogar, sereno: en medio del incesante frenesí de la vida, el propio refugio se yergue como el guardián del alma, de la paz y de la serenidad del espíritu. Mi pequeño lugar es pequeño y solitario, pues por mucho, he vivido sólo en él; como se acostumbra – forzadamente – en este mundo, las personas, incluso reunidas, deben vivir solas, independientes, como individuos, sin conexión común, sin espíritu de comunión, sin alma comunitaria: solos, carentes de una vida de comunidad. Aquello que une a las personas, aquello que enlaza a las almas, se ha olvidado, cada vez más, a merced del placer, el cual, como una serpiente, se mueve y encanta a cualquiera que se le acerque. La promesa de la eterna juventud y el eterno goce de los placeres sensuales, de aquella mujer que, sinuosa, se ofrece al disfrute de los sentidos y los instintos más básicos; o el hombre que galantea con una mirada seductora, pero cuya alma, torva hasta el tuétano, se esconde entre versos de falso amor y ofrece toda la virilidad y la fuerza que el macho puede brindar. El dinero, eterno causante del pecado y la perversión, suele despertar las más bajas pasiones e intenciones, tan sólo por ser él la herramienta excelente para alcanzar el placer, corruptor concepto cuando se busca sólo y desprovisto de cualquier bálsamo: es que el placer por el placer sólo conduce a la destrucción del ser humano; lo rebaja hasta un pedazo de utilitarismo vacuo, sin razón de ser y sin ser de razón.

Mi puerta fue golpeada y yo temí. Nadie hace visitas en un mundo como en el que vivimos. Acerqué mi existencia a la puerta, rocé con mi nariz la madera, seca y antigua de la puerta pintada hace décadas, puse mi ojo en el agujero vidriado y, escrutador, vi una silueta extraña al otro lado: era una persona, más exactamente, una mujer. En cuestión de segundos, mi memoria se extravió en el recuerdo de los tiempos pretéritos, de aquellos que, siendo niño, conocí por medio de los libros y las enciclopedias; de aquellas películas donde se exaltaba eso llamado amor. Era una mujer al otro lado de mi puerta, pequeña, con grandes ojos, fijos en los míos, como si supiera que estaba mirándola a través del escrutador agujero. Tal vez – pensé – viene a robarme, quizá quiera matarme o, en el mejor de los casos, esperará callada, si es que la hago pasar, hasta que me duerma, para incendiar mi casa, quemar mis libros y seguir excitando a la insaciable vida de lujuria, pecado y crimen que impera en este mundo, alguna vez, paraíso terrenal. Guardé silencio un instante; incluso, mi mente lo hizo. Vi sus ojos nuevamente, los de ella vieron los míos, a través de la gruesa puerta de madera; ella suspiró y dio media vuelta. Se marchaba. Mi mano giró la manilla dorada de la puerta, retrocedí, la vi de espaldas: era pequeña, llevaba el pelo suelto y vestía sencillo; mi garganta se estremeció y mis cuerdas vocales resonaron, estruendosamente, pues el ruido de la calle era – y es – ensordecedor: “¡hey, vuelve!” fue lo único que logre articular: ella se volteó, rápidamente. Su pelo giro al compás y en proporción al giro de su cuerpo. Me miró y sonrió. La invité a pasar, a tomar, tal vez, una taza de té, café o leche, que era lo que había para beber en mi casa. Cuando logré verla, enfrente de mí y de frente a mí, vi sus ojos y me encandilaron.

Aquella vez, hablamos de todo el mundo, todo, toda la tarde. Me contó secretos maravillosos de mundos antiguos y olvidados; me narró como era el mundo de los libros cuando hablar del bien no era fantasía, sino realidad; aluciné cuando me comentaba que el Cantar de Roldán no era una mera narración fantástica y que la congruencia de Moro no era parte de la ficción de A Man for All Seasons. Fue la primera vez, en mucho tiempo, que cuestioné al mundo, a sus vicios y defectos; fue la primea vez, en mucho tiempo, en que me di cuenta de lo solos que vivimos y de las posibilidades de revertir dicha soledad. La segunda vez que vino, meses después, a mi morada, hablamos de la sublimación de la vida, de la relevancia de las emociones y de los sentimientos cruzados que, conjuntamente, podían engrandecer a la persona. Mencionó, por ejemplo, la historia de los santos mártires católicos; de madres que dieron la vida por sus hijos, a pesar de estar con ellos enemistados; de la generosidad de algunos por otros y del amor que subyacía en todas aquellas acciones. Ella decía, aquel día, que no había nada más fuerte en una persona que el amor, en un sentido amplio, completo y universal y que éste sentimiento era capaz de lavar al alma más oscura y manchada con actos impuros y sangrientos. Una tercera vez, no me quitó los ojos de encima: ese día me hablo del amor entre los hombres y las mujeres y como ese era el único amor de pareja que podía existir. Me habló de la naturaleza de los hombres y de las mujeres y como la creación entera estaba pensada para ellos, para su amor y la fecundidad que de él emanaba; cómo y por qué debíamos considerarnos hermanos de nuestros enemigos y, en base a ello, eliminar cualquier barrera para el amor. Admito que aquella vez fui parco: no sentía mucho o, apelando a la imagen de Prometeo, mis sentimientos y mi capacidad de sentirlos, estaban encadenados y constantemente torturados por el águila de Zeus. Yo sé que ella lo notó; yo sé que ella lo sabía, incluso, antes de la primera vez que se asomó a mi puerta, la golpeó y mi corazón estallo en temores. No dudo, ni un instante siquiera, en que ella no venía por casualidad ni por mandato: la extraña a la cual jamás pregunté su nombre, pero que siempre pude llamar por él, incluso sin mencionarlo, no podía ser humana y, si lo fuera, no sería de mi tiempo. Ella era distinta, ella era esencialmente buena. Aquel día, acarició mi rostro y se despidió con un suave beso en mi mejilla. Fue una despedida, para siempre. Ella jamás volvió a mi hogar.

Cuando tomé conciencia de que estaba dormido en la meza del comedor, me sentí extraño. No podría decir que era el mismo. Ese día, por alguna razón, entendí que aquello que tan lejano estuvo por tanto tiempo, había vuelto a mi más recóndito lugar, entendí que, pese a todos los males que habían infectado a mi alma, pese a todo lo malo del mundo, había vuelto a mi corazón el amor, junto a la fe y la esperanza en él. Había vuelto a ser tocado con la posibilidad de sentir. Aquella extraña que me visitó en los sueños, no era más que los sentimientos que venían de vuelta a mi alma. Penélope dejó de tramar y desentramar su ardid para engañar a los príncipes y recibió con gozo a Odiseo; mi corazón dejo de anhelar ser mármol y volvió a latir, furioso, recibiendo con júbilo a aquella pequeña muchacha que me recordó la esperanza. Todo esto fue en segundos. En el último de ellos, escuche un susurro: “haz que los sueños se hagan realidad”. Terminada la frase, recordé su aroma.

Déjame

•26 Septiembre 2009 • Dejar un comentario

Déjame si no me quieres,
déjame tan solo en la oscuridad de esta noche;
déjame, incluso, solo en medio de la arboleda,
déjame con mi locura en la próxima esquina
y vete a lo lejos, a los brazos del recuerdo;
no me reproches, después, el haberte dejado:
el amor es cosa del futuro, jamás del pasado.

En esta noche oscura y fría,
déjame amor, te lo pido;
déjame en medio de estas floridas alamedas
y déjame entregarme al olvido que las riega;
déjame partir al horizonte y ser una estrella,
déjame ese destino: a él el mar me lleva.

Por ello, déjame partir si no me quieres,
incluso, déjame partir si no lo sabes;
pero te pido que me dejes si lo deseas,
que no seas esclava de los avatares.
Déjame, por ello, Apolonia, en los confines del firmamento
y déjame dejarte todo mi armamento,
para que si algún día te das cuenta del mensaje
que parpadea en el letrero de neón,
te dejes llevar por el ruido que callado,
creí haber oído en tu voz.